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Analía Flores, docente: El desafío de transformar la educación ambiental

Analía Flores reflexiona sobre los límites del sistema educativo tradicional y la necesidad de recuperar el aprendizaje vivencial, el vínculo con el entorno y la ecosalud.

Ella puede estar en un taller sobre huertas educativas y comunitarias en Uruguay, o subiendo cumbres (su sueño) en un aprendizaje de montañismo en Chile. Analía Flores es de hablar fuerte y pensamiento rápido. Nació en Montevideo y su familia siempre ha estado vinculada al campo, al que defiende y promueve. Ama el concepto de Aula Bosque y de entrada tiene una advertencia: «¡La educación ambiental no se trata de transmitir información al aire libre!».

Desde tu punto de vista y con tu experiencia ¿Qué es (y qué no) la educación ambiental?

Para definirla, primero debemos despojarla de los estigmas románticos. La educación ambiental es un proceso de alfabetización cultural y ecológica. Es aprender a leer el ambiente para entender las interdependencias que sostienen la vida. Se trata de una pedagogía del conflicto y de la esperanza, donde el sujeto se reconoce como ecodependiente. Por el contrario, no es una serie de efemérides verdes, ni charlas aisladas sobre reciclaje que depositan la culpa en el individuo. Lo que no cuestiona el modelo de consumo y no nos devuelve el sentido de pertenencia a la biosfera, podrá ser gestión ambiental, pero no es educación.

¿Cuáles son los desafíos que enfrentan las nuevas estrategias educativas ante el sistema actual?

El principal desafío es la «desnaturalización» de la infancia y la rigidez de un sistema diseñado para la era industrial. En Uruguay, aunque hay esfuerzos, la educación sigue siendo predominantemente «intramuros». El desafío es superar el miedo institucional al riesgo y a la incertidumbre del afuera. Si miramos países con modelos de Escuelas Bosque como los que analiza Katia Hueso, vemos que la naturaleza no es un «paseo», sino el aula misma. El sistema actual prioriza el resultado medible sobre el proceso vivencial.

¿Qué apoyos vislumbras desde tu posición como docente e impulsadora de propuestas? ¿Y cuáles son las motivaciones que destacas para que brinden apoyo?

Vislumbro la construcción de una red donde la responsabilidad por el futuro sea compartida, interdisciplinar. Necesitamos el apoyo de las familias que buscan salud y buena educación para sus hijos, pero también de organismos y marcas que entiendan que su «responsabilidad social» debe ser real. La motivación no debe ser el marketing verde, sino la urgencia de regenerar el tejido social.

Como impulsora, busco aliados que entiendan que Plúmula es un laboratorio de resiliencia y reconstrucción comunitaria en ambientes situados. La motivación principal para apoyarnos es simple: «No se puede defender lo que no se ama, y no se ama lo que no se conoce» (frase atribuida a Leonardo Da Vinci). Estamos formando a personas comprometidas con su territorio, con la educación y con la Ecosalud a través de distintas actividades en instituciones educativas, en empresas y en senderismos guiados.

Tienes estudios en Educación Positiva, Neurociencias y actualmente en Biología Humana, desde esos enfoques ¿Cuál es la importancia del entorno en la conducta?

El entorno no es un fondo decorativo; es el molde en el que se configura nuestro sistema nervioso. Como bien señala Nazaret Castellanos, el cerebro es un órgano social y biológico que «esculpe» su arquitectura según lo que percibe. Aquí entra el concepto de Biofilia de Edward O. Wilson, que Katia Hueso rescata para la educación: tenemos una afinidad innata por lo viviente. Cuando estamos en entornos grises y saturados, nuestro cerebro activa mecanismos de estrés y supervivencia que alteran la conducta hacia la agresividad o el retraimiento. En cambio, la exposición a la naturaleza reduce la actividad de la amígdala y promueve una conducta prosocial.

Continuando con la pregunta anterior, y llevándola a la práctica, ¿Cómo ha sido tu experiencia en el aula y qué reflexiones puntuales te impulsaron a crear proyectos como los que desarrollas?

Mi paso por el aula formal fue el catalizador para entender que el aprendizaje sentado y bajo luces LED es, muchas veces, un aprendizaje «anémico». Ver a niños y niñas con altos niveles de ansiedad que se calmaban instantáneamente al salir al patio me hizo cuestionar todo. Me di cuenta de que la biología se enseñaba como algo muerto, en láminas, mientras la vida latía afuera. Esa disonancia me impulsó a crear proyectos donde el conocimiento sea tacto. Plúmula nació de esa necesidad de tender puentes: de llevar la neurociencia y la biología humana al sistema educativo, convirtiendo cada salida en una oportunidad de asombro y descubrimiento.

En el 2025 participamos del Seminario de Educación en la naturaleza en Cerro Castillo, Región de Aysen en la Patagonia de Chile; organizado por Mañke (en mapudungun, mapuche, significa «Cóndor») quienes se dedican a la educación y al ecoturismo. Gracias a una beca a la cual llegamos a través de Ana Carol Thome líder brasileña y referente sobre educación en la naturaleza. Desde entonces formamos parte de intercambios y redes educativas a nivel internacional, lo cual nos aporta una mirada general y profunda sobre el tema.

Es obvio que la palabra «plúmula» tiene un significado poderoso con respecto al germen, al crecimiento y a la confianza en la naturaleza. ¿Cómo surgió ese nombre y qué te hace sentir?

El nombre surgió de mi amor por la botánica y por los comienzos invisibles pero poderosos. La plúmula es esa primera yema que contiene todo el potencial de un árbol, pero que es extremadamente frágil. En un mundo que nos exige ser grandes y productivos de inmediato, Plúmula reivindica el derecho a brotar a nuestro propio ritmo, confiando en que la naturaleza ya nos dio las herramientas necesarias. Me hace sentir una enorme responsabilidad, pero también una paz profunda. Es el recordatorio constante de que, con el suelo y el cuidado adecuado, cualquier semilla de cambio puede prosperar.

El proyecto se gestó durante años “bajo tierra”, hasta que vio la luz en enero de 2025. Brindábamos talleres gratuitos que se difundían por recomendación, hasta que el éxito y la llegada nos invitó a crecer y formalizarnos bajo la figura de empresa que une “jardinería y educación”.

Además de brindar capacitaciones y senderismo puntuales, de forma fija brindamos talleres de Ecosalud y huerta en Casa Mandala Hogar Asse-Mides dedicado a la salud mental de personas con diversas condiciones como esquizofrenia, bipolaridad y depresión. Las acciones sistematizadas en personas adultas y con niños bajo estos enfoques nos brindaron la oportunidad de ver el enorme impacto positivo.

Leí en tu cuenta de Instagram una reflexión sobre el «Miedo». Ante las dudas de quienes te advierten que no viajes sola tú pones por encima que es más aterrador quedarse en un espacio donde ignores o no disfrutes. Háblanos brevemente de ti, de cómo vez ese espíritu «verde» que tienes, de tu amor por el senderismo de Uruguay y ahora el montañismo en Chile.

Para mí, el miedo es un brújula, no un muro. Nos avisa que estamos ante algo importante. Cuando me advierten sobre viajar sola, entiendo que hablan desde sus propios miedos proyectados. A veces si un hombre viaja solo “es un gran aventurero” pero si lo hacemos las mujeres es casi una autocondena. Entiendo que el mundo tiene peligros pero nunca en la historia como mujeres los superamos escondiéndonos de la vida. Mi espíritu «verde» no es solo estético; es un activismo por la libertad. El senderismo en Uruguay fue mi escuela de observación, ECOALFABETIZACION y sentimiento de superación personal como coordinadora del proyecto; el montañismo en Chile es mi desafío de liderazgo y profundizar mi compromiso con la educación. Es mucho más aterrador pasar la vida ignorando quién sos por miedo a lo que digan.

Cerremos la entrevista con una reflexión personal sobre la tecnología. ¿Qué piensas de ella?

La tecnología hoy es nuestro sistema nervioso extendido, lo digo por el impacto enorme que tiene en cómo percibimos el mundo y cómo nos sentimos, pero no debemos dejar que reemplace nuestra piel. Me interesa la tecnología cuando sirve para democratizar el conocimiento o para encontrarnos en red, como en este momento. Pero mi mirada personal es de cautela: no podemos permitir que la pantalla sea el único filtro para mirar el mundo.

Creo que la tecnología debe ser el medio, pero la experiencia debe ser el fin. Usemos los dispositivos para organizarnos, pero después…dejémoslos en la mochila, salgamos a respirar, a tener y promover experiencias desafiantes que impliquen todos los desafíos. Por eso, nos enfocamos en promover que la educación sea desde la experiencia, involucre todas los estilos de aprendizaje incluyendo el cuerpo y su necesidad de movimiento en todas las edades.

Para envíos de información escríbanos a: redaccion@mujerdelsur.com

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