Inicio Historias Lo que queda después del silencio. El Nido Vacío de Yoslin Nader

Lo que queda después del silencio. El Nido Vacío de Yoslin Nader

Esta es la historia de una mujer libanesa que llegó a Chile a los 17 años huyendo de la guerra. Se reinventó en Santiago, renació en Brasilia y hoy, desde su Nido vacío, escribe para acompañar a otras mujeres que atraviesan el silencio transformador.

Santiago desde la ventana. “Cuando veía pasar Santiago a través de la ventana de la micro amarilla sabía que
el humo que me rodeaba no era el de las bombas en Beirut, sino smog, una palabra que aprendí a finales de 1992. A pesar del humo y la aglomeración en el autobús, me sentía a salvo”.

Estas palabras surgen de un diálogo por WhatsApp con Yoslin Nader. Y reflejan —aunque yo no pueda verlos— el brillo de sus ojos al recordar sus primeros días en Santiago de Chile.

Imagino su nariz pegada al vidrio, como en esa clásica imagen del niño que mira a través de un cristal lo que añora y no puede tener… pero en este caso no es una niña ni se trata de una vitrina con dulces.

Hablo de Yoslin Nader: libanesa de nacimiento, chilena por decisión y brasilera por adopción. Un crisol de culturas, lenguas y aprendizajes que hoy, a sus 50 años, encuentra palabras propias en su libro «Nido vacío. Tu vuelo es mi alegría», escrito en portugués y disponible en Amazon (próximamente en español).

“Nací entre bombas, sobreviví entre silencios, migré entre continentes y renací entre ausencias. Descubrí que el nido vacío no es el final: es el lugar donde la madre aprende a existir de nuevo.”

Extracto del libro «Nido Vacío» («Ninho Vazio: O seu voo é a minha alegria»)

Allí narra su travesía vital y cómo su resiliencia y espíritu indómitos la llevaron resignificar su existencia, con el propósito de ayudar a otras mujeres a redescubrir la belleza del renacimiento en la soledad.

La guerra como punto de partida

Pero viajemos al principio de su historia. Volvamos a la Beirut convulsionada por una guerra civil compleja y marcada por tensiones religiosas, donde la niña que fue Yoslin Nader nunca vio vitrinas de dulces.

“No tuve infancia ni adolescencia”, dice. Cuando Yoslin rememora los años que signaron su vida hasta los 17, su voz cambia. Pierde la chispa de hace minutos y se convierte en un hilo opaco que narra los sinsabores de su familia y de todas las personas sometidas al miedo, los apagones y la destrucción masiva de barrios enteros desde abril de 1970.

Ella pertenece a una generación marcada por la migración, el miedo y la inestabilidad, con secuelas sociales y emocionales muy profundas. De ese Líbano desgarrado por bombas, fronteras invisibles y silencios interiores, partió hacia un país del que no había escuchado ni siquiera el nombre: Chile.

Santiago, las micros amarillas y una lengua nueva

A los 17 años, recién casada con un chileno que regresaba a su país, Yoslin aprendió a recorrer Santiago en autobús. Para entonces, las célebres micros amarillas aún cruzaban la capital: un símbolo del paisaje urbano de los años ‘90.

Subía a la micro para recorrer esas rutas largas que atravesaban una ciudad en expansión, conectando comunas periféricas con el centro. Este sistema de transporte era esencial para estudiantes, trabajadores y migrantes. Yoslin pertenecía a ese último grupo, el de migrantes; que en 1992 era de aproximadamente 100.000 personas (menos del 1% de la población).

Ser una joven libanesa en la capital chilena la situaba en una minoría visible, pero ella recuerda aquellos días con cariño y agradecimiento. “Conversaba con las dependientes de tiendas en Providencia y Santiago Centro. Ahí aprendí español y me sentí acogida.”

Esos trayectos marcaron su adaptación a una ciudad de más de cinco millones de habitantes, que estrenaba su democracia y respiraba ebullición urbana. Una mezcla de descubrimiento, alegría y agradecimiento amalgama sus recuerdos de los trece años que vivió allí.

Familia, idiomas y nuevos destinos

Con el tiempo formó una familia, recibió a su primer hijo y, diez años después, a su hija. “Tengo dos hijos únicos” — me dice entre risas. Al español que ya dominaba sumó el inglés, aprendido con disciplina y oído atento. No imaginaba entonces que esas lenguas le abrirían las puertas de un nuevo destino: Brasil.

La familia se trasladó a Brasil en enero de 2006 por motivos laborales. Pasó de una ciudad de trama colonial, arquitectura decimonónica y familia cercana, a Brasilia, una urbe pensada y proyectada. Brasilia era entonces el sueño concreto de la modernidad.

Para 2006, la capital brasilera ya superaba los tres millones de habitantes. Era una ciudad de avenidas amplias, monumentos de hormigón y espacios planificados; pero también un territorio dividido entre la utopía arquitectónica del plan piloto y las periferias en expansión. Un escenario de contrastes que marcó su nuevo comienzo.

El portugués y la vida en Brasilia

El portugués —o el “brasilero”, como se dice con cariño— le entró por el oído. “No quería perderme la fofoca”, cuenta riendo. La fofoca: chisme, copucha, boca a boca… la vida cotidiana, pues. Quienes hablan varias lenguas saben que la siguiente siempre es más fácil:
y el portugués es un español que baila samba.

En Brasil llegó también un nuevo trabajo, esta vez en el servicio diplomático, donde continúa hasta hoy. Pero esa nueva etapa trajo consigo una separación y un quiebre familiar: padre e hija regresaron primero a Chile y luego partieron al Perú; madre e hijo permanecieron en Brasil, sorteando pandemia, distancia y duelos emocionales.

Cuando el hogar queda en silencio

Hoy, Yoslin habita desde hace años su nido vacío. Después de dos décadas de creer, crear y criar; de levantarse con prisa, preparar exámenes, medir la fiebre, calmar la sed y velar el sueño infantil, llegó el silencio. Ese silencio que ensordece y abre un hoyo en el sofá, llena la mente de inquietud y el alma de ruidos sordos.

“Entre guerras, inmigración, pérdidas, maternidad en soledad y distancias, aprendí que amar, resistir y recomenzar no son elecciones de mujeres fuertes: son elecciones que nos hacen fuertes.”

Extracto de su libro «Nido Vacío» («Ninho Vazio: O seu voo é a minha alegria»)

Afuera, la vida palpita solo en torno al trabajo. El resto es ausencia. Pero ella sabe de resiliencia. Y vuelca en palabras esa fuerza que acompaña e inspira a otras mujeres a reencontrarse consigo mismas cuando el hogar queda vacío y el corazón busca su propio sentido.

El renacimiento después del nido vacío

Hace algunos años emprendió un viaje que no requirió aviones ni autobuses: un viaje interior. Uno que la nutre y acompaña, y que busca ser abrigo para tantas madres que, como ella, mantienen tibio su nido para cuando sus polluelos vuelvan de paso —no a quedarse— porque las madres sabemos que los hijos son de la vida y hacia ella vuelan.

Nuestra tarea es amar sin asfixiar, contener sin limitar y reaprender a vivir en la libertad profunda del nido vacío.

6 COMENTARIOS

  1. Hermosa reinterpretación de la experiencia de Yoslin. Una que se nutre aprendizajes vitales de la redactora, plenamente identificada con la autora. Apenas un bocado, un aperitivo que nos hace apetecer el libro. Felicidades a las dos!

  2. Excelente artículo con gusto a poco esperare ansioso el Libro en español . Tuve la suerte de conocer a Yoslin y a su pequeño hijo , compartió con mi familia, debo mencionar que no he conocido mujer más inteligente y luchadora que ella , muy positiva una excelente mujer . El libro será un éxito pienso ya que muchas mujeres pueden verse en su lugar

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