El trabajo de cuidados constituye el cimiento invisible esencial en las economías contemporáneas. Todas las personas necesitan asistencia vital en algún momento de sus vidas. Esta necesidad garantiza la reproducción humana y la sostenibilidad de nuestro mundo actual. La economía del cuidado abarca tanto el trabajo remunerado como el no remunerado. Estas actividades ocurren en hogares, comunidades y diversos servicios sociales diarios.
Históricamente, el cuidado estaba en la esfera privada de la vida familiar. La sociedad lo convirtió en una actividad mayoritariamente asignada a las mujeres. Bajo la idea de la mujer «cuida la casa» mientras el hombre «busca el pan», el cuidado se entendió como una responsabilidad de la mujer, que estaba vinculados a preceptos que erróneamente determinaron que el afecto femenino se demostraba a través de los cuidados. En la actualidad esta forma de asumir los roles del hombre y la mujer ha cambiado en muchos aspectos, pero de igual forma las sociedades modernas precisan inexorablemente del trabajo de cuidados lo que provoca una crisis en su funcionamiento.
Las mujeres asumen el costo
Debido a esta visión desigual que coloca el trabajo del cuidado no remunerado como responsabilidad mayoritariamente de las mujeres. Son ellas, quienes desde edades tempranas se ven obligadas a asumir esta responsabilidad. Sobrecarga que restringe drásticamente el tiempo disponible para la educación formal, así como para realizar actividades más productivas. Mientras limita sus oportunidades de acceder a empleos de calidad o mejor remunerados. Además se reduce el tiempo que pueden destinar a la vida pública, tanto en el aspecto social, como en otras áreas, como el deporte, la participación política, etc.
El trabajo del cuidado incluso abarca el espacio personal de cada mujer. El exceso de responsabilidades disminuye el tiempo disponible para el ocio. A lo que le sumamos el alto costo de la vida que obliga a la mujer a complementar los ingresos familiares. El descanso adecuado se vuelve un privilegio inalcanzable para muchas trabajadoras exhaustas. Los patrones actuales en los que las mujeres asumen el cuidado junto a responsabilidades laborales perpetúan esta injusticia social.
En los hogares con niños pequeños la desigualdad es mayor
Según datos publicados por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en los hogares con niños pequeños, la desigualdad crece de forma exponencial. La brecha de participación laboral entre hombres y mujeres alcanza 35%. Esto ocurre precisamente en la etapa de mayor capacidad productiva femenina. Maternidad y desarrollo profesional de la mujer entran permanentemente en conflicto por falta de apoyos.
En hogares donde viven personas mayores de ochenta años la situación empeora, la carga del trabajo de cuidado para la mujer se intensifica si tiene múltiples demandas, la de los pequeños a la par a la de las personas mayores. Allí, la brecha entre los hombres y las mujeres que asumen esta actividad es mayor. Las mujeres de veinticinco a cincuenta y cinco años quienes son prácticamente un sandwich generacional asumen esta doble responsabilidad. Ellas cuidan a la infancia mientras asisten simultáneamente a la población adulta mayor.

Mujeres de 25 a 55 años atrapadas por la economía del cuidado
Esta franja etaria femenina experimenta severas tensiones entre producción económica y reproducción social. Durante estos años, los más productivos para el ser humano, las mujeres buscan consolidar sus trayectorias profesionales con la idea de asegurar su vejez. Precisamente es en este ciclo temporal donde enfrentan las demandas reproductivas y de crianza en sus hogares. Tienen que realizar jornadas agotadoras para asumir ambas actividades, aún cuando puedan contar con apoyo, no siempre es suficiente. Muchas abandonan definitivamente el mercado laboral formal por falta de alternativas viables.
Las personas mayores también juegan un rol dual complejo en esta dinámica. Las mujeres mayores no solo reciben cuidados, sino que también cuidan activamente. Ellas asumen el cuidado de los niños de su propia familia directa. Esta labor intergeneracional facilita que las mujeres más jóvenes puedan salir a trabajar. El Estado y los hombres continúan ausentes en esta cadena de apoyo.
El problema de los ingresos para la mujer
El trabajo no remunerado obstaculiza gravemente la participación laboral de las mujeres. Sin embargo los hogares que integran a personas dependientes necesitan mayores niveles de ingresos. No obstante, la dedicación intensiva a los cuidados limita la capacidad de generar estos ingresos. Situación que disminuye la posibilidad de obtener ingresos económicos propios y sostenidos, las limitaciones de tiempo, limita también actividades creativas o emprendimientos que pudiesen convertirse en una fuente de ingresos confiable. Sin ingresos propios, la economía del cuidado se convierte en un cepo, dentro del cual la mujer ante la falta de ingresos propios pierde la libertad de decisión y su autonomía.
La dependencia económica agrava la vulnerabilidad frente a situaciones de violencia de género. Salir de un entorno abusivo resulta extremadamente difícil sin recursos financieros independientes. Surge entonces la necesidad de valorar económicamente el aporte femenino al sostenimiento social a través de la economía del cuidado. Reconocer este esfuerzo invisible es el primer paso de cualquier medida estatal que busque revertir esta situación.
Nueva demanda de cuidado por envejecimiento poblacional
América Latina atraviesa cambios demográficos y epidemiológicos muy rápidos y profundos. La población de sesenta y cinco años y más aumenta de manera constante. Especialmente, crecen los grupos demográficos compuestos por personas de ochenta años y más. En consecuencia, las demandas de cuidado serán mucho mayores en las próximas décadas. Ante esta transición el modelo tradicional de cuidado familiar está social y físicamente agotado. Es imposible y profundamente injusto que las mujeres absorban solas la creciente demanda de cuidados en adultos mayores. Se requiere una planificación que origine sistemas integrales de cuidado robustos y profesionales.
La Economía del cuidado y el empleo formal

La economía del cuidado también representa una fuente de empleo formal. A nivel mundial, este trabajo remunerado conforma cerca del once por ciento. Esto equivale a unos 381 millones de puestos de trabajo. Un sector que se encuentra profundamente feminizado en todo el mundo. Las mujeres constituyen dos tercios de esta fuerza de trabajo global esencial.
En muchos casos as condiciones laborales en este sector suelen ser sumamente precarias o es una actividad mal remunerada. Además las trabajadoras enfrentan menor acceso a la seguridad social, existe un amplio porcentaje de trabajo en negro y los sueldos suelen ser bajos. Salvo en el caso de empresas sindicalizadas que ofrecen este servicio, las mujeres que desarrollan la actividad de forma independiente realizan una cantidad excesiva de horas, bajo una gran presión física. La mayoría de las mujeres desarrolla esta actividad de manera informal en entornos laborales donde se exponen a inaceptables riesgos de violencia y acoso. Por eso el estado está obligado a establecer medidas regulatorias para la economía del cuidado.
Grupos de mujeres más expuestas al peligro
Dentro del cuidado remunerado identificamos grupos de mujeres que sufren vulnerabilidades aún más extremas. Las trabajadoras domésticas en muchos casos laboran sin contratos ni protecciones legales básicas. Las trabajadoras comunitarias en áreas humildes sostienen la alimentación y la salud. Las mujeres migrantes enfrentan barreras idiomáticas, discriminación y desarraigo cultural constante. Grupos desprotegidos por los sistemas sociales actuales.
Es una obligación ética y política del estado revertir esta situación estableciendo mecanismos que garanticen a las mujeres el desempeño ideal dentro de la economía del cuidado. Mejorar sus condiciones salariales beneficia directamente a toda la estructura productiva. Se necesitan normativas estrictas que garanticen el acceso pleno a la seguridad social. Solo protegiendo a quienes cuidan podremos asegurar la calidad del cuidado recibido. La formalización laboral de estas trabajadoras debe ser una prioridad de los gobiernos.
La creación de empleo en el cuidado
El aumento de las necesidades por envejecimiento de la población también puede verse como una gran oportunidad estratégica para la región. La ampliación de los servicios estatales fomenta la creación de nuevos puestos. Estos empleos emergentes en la economía del cuidado deben ser de calidad comprobable. Simultáneamente, los servicios públicos eficientes ayudan a reducir el tiempo de trabajo familiar. Esto eliminaría la principal barrera para la participación laboral de las mujeres.
Profesionalizar los servicios de cuidado impulsa un círculo virtuoso de crecimiento económico. Genera empleo digno, libera tiempo femenino y mejora la atención de poblaciones dependientes. Las mujeres podrían reinsertarse en sus profesiones, estudiar o descansar adecuadamente. Por eso es una tarea fundamental que el Estado desarrolle un rol activo en la regulación y promoción de estos servicios. El cuidado debe ser derecho garantizado.

La inversión en la economía del cuidado
La inversión estatal en políticas y sistemas de cuidados resulta económicamente inteligente. Debe articularse con políticas laborales que promuevan siempre los derechos de las personas. Estas inversiones contribuyen directamente a reducir las brechas de género en el empleo. Además, mejoran significativamente los niveles de productividad general de la economía productiva. Incluso tienen la capacidad de aumentar de manera sostenible la recaudación fiscal.
Gastar en cuidado es una inversión social y económica con un retorno totalmente comprobable. Las mujeres insertas en el mercado formal pagan impuestos y consumen bienes locales. Esto dinamiza las economías comunitarias y reduce los altos índices de pobreza estructural. Promover la economía del cuidado es una estrategia eficaz de desarrollo macroeconómico.
Se debe lograr un marco normativo
El estado y el sector privado tiene que reconocer la inversión en cuidados como una inversión para el desarrollo. Es fundamental la creación de marcos normativos y jurisprudenciales efectivos y orientados a crear una economía del cuidado justa. Se deben aprobar leyes relativas a la distribución del tiempo, capaces de atender las nuevas y crecientes necesidades.
El cuidado debe ser reconocido como un derecho humano. Un derecho a cuidar de manera elegida y bajo condiciones laborales dignas. Un derecho a ser cuidado con extrema calidad en todas las etapas vitales. Solo así construiremos sociedades más justas.
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Documentos citados:
Informe del PNUD (2025): «Lineamientos para políticas de cuidado desde una perspectiva de género, territorial e interseccional».
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