Inicio Cultura “En una librería también se venden medicinas para el alma”

“En una librería también se venden medicinas para el alma”

La escritora Miriam Conde Redondo asegura que "los maestros de las aventuras como Alejandro Dumas, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y algunos autores españoles, como Matilde Asensi o Pérez-Reverte me dejaron huella. Me enseñaron que la historia puede ser apasionante si se cuenta con ritmo y emoción"

Nacida en Valladolid, ingeniera industrial e hija de librera, Miriam Conde Redondo ofrece una propuesta diferente de novela histórica. En su nueva obra, “La mirada de la Diosa”, ubica a personajes anónimos ante grandes acontecimientos como los de la Segunda Guerra Mundial. 

   En su literatura, lo cotidiano protagoniza una historia que vive a pulso con los sucesos generales. Las vivencias de los individuos que no aparecen en los grandes titulares.

   Cada libro es un universo por sí mismo, y cada autor es el arquitecto de ese universo.  Los invitamos a un viaje fascinante por el mundo íntimo de la escritura, donde descubriremos las historias detrás de las historias y la pasión detrás de las palabras, de la escritora Miriam Conde Redondo.

    Pregunta: – Antes de “La mirada de la Diosa”. ¿Quién eras, qué escribías?

Miriam Conde Redondo: – Antes de “La mirada de la Diosa” era, sobre todo, una lectora obstinada. Soy hija de librera, y crecí con los libros como amigos. En una librería no solo se venden novelas, también se venden medicinas para el alma. Esa infancia me marcó más de lo que pensaba; al principio me parecía de lo más normal, y con los años descubrí que era toda una ventana hacia el mundo.

   Me interesan los relatos policíacos, la aventura histórica y todo aquello que me obligue a mirar un poco más allá de la superficie. Antes de esta novela ya había publicado otras obras como La piedra de siete ojos y El correo de Napoleón, así que mi relación con la escritura es de carrera de fondo.

   También soy ingeniera industrial, algo que puede sorprender, pero que a mí nunca me pareció una contradicción.  La ingeniería me ha dado método, disciplina y una obsesión tremenda en encajar las piezas, mientras que la literatura me ha dado la posibilidad de desordenar e imaginar sin lógica.

    Entre una y otra fui encontrando mi voz, que probablemente no tenga una sola faceta, sino varias, con apuntes, esquemas y algún café que dejo que se enfríe cuando me llega esa frase genial a la cabeza.

          P: – ¿La literatura ayuda a despejar la mirada?

 M.C.R.: – Sí, pero con una advertencia, la literatura despeja la mirada a su manera, que no siempre es la más cómoda. Los libros no te dejan nunca igual y precisamente, es ese su mérito.  Leer y escribir obligan a poner en orden emociones y recuerdos, te obligan a separar uno a uno los hilos de la trama, y a enfrentarte a historias que emocionan.

    Para mí, la literatura actúa como una luz que ilumina rincones que la vida deja en penumbra. Nos obliga a mirar mejor, a escuchar más despacio. En una novela, un gesto mínimo puede ser la pista, puede revelar un conflicto enorme. Y en la vida real pasa algo parecido, aunque no siempre tengamos tiempo de detenernos a verlo.

    Además, escribir me ayuda a mirar mi propio mundo con menos prisa y menos ruido. Cuando estoy sumergida en una trama, en un personaje o en una escena, aprendo a distinguir lo esencial de lo accesorio. Y eso, en los tiempos que corren, es toda una terapia. La literatura no borra las sombras, pero hace que las entendamos.

        P: – ¿Cuál es “La mirada de la Diosa”?M.C.R.: – “La mirada de la Diosa” es una novela de intriga histórica, pero decir sólo eso sería como describir una casa diciendo que tiene puertas. De acuerdo, las tiene, pero lo importante es lo que pasa dentro. La novela sigue a Gonzalo Molina, empresario de telecomunicaciones, que descubre unos cuadernos cifrados de su abuelo Jonathan, un operador de radio británico de la Segunda Guerra Mundial, y a Sara, una profesora que vuelve a la costa cántabra y se ve arrastrada a un misterio familiar.

La historia se mueve entre el siglo XX y el siglo XIV, con códigos de guerra e iconos griegos. También es una novela sobre familias, herencias y silencios. Hay una abuela que guarda un secreto durante décadas, hay descendientes que no saben lo que se les viene encima, y hay objetos, cuadernos, iconos, pergaminos, que parecen dormidos hasta que alguien los toca y despiertan como si llevaran años esperando ese momento.

   Si tuviera que definirla un poco más, diría que es una historia de un misterio histórico que atraviesa la vida íntima de varias personas y lo cambia todo. Tiene aventura, emoción y memoria, pero sobre todo tiene la voluntad de mirar el pasado sin aburrir ni convertirlo en un museo.

P: – ¿Cómo nace esta obra? ¿Cómo trabajaste el proceso de documentación sumado al proceso creativo? M.C.R: – Nace de la mezcla entre la curiosidad y la disciplina. Primero hubo una fase de documentación intensa, porque la novela pedía datos, contexto y precisión. Segunda Guerra Mundial, criptografía, radio, herencias históricas, iconografía, y escenarios concretos. Necesitaba que el edificio tuviera cimientos antes de ponerle las ventanas. Como buena ingeniera, no me siento cómoda escribiendo sobre arenas movedizas.

    Después vino el salto de verdad, que es cuando la documentación deja de ser un archivo y se convierte en carne narrativa. Ese fue el momento bonito y también el más delicado, decidir qué información servía a la historia y cuál solo servía para decirme a mí que había leído mucho. Porque una cosa es investigar y otra muy distinta es poner todo lo aprendido en la novela, como quien te enseña una tras otra todas las fotos de sus vacaciones. El proceso creativo consistió en dejar que los datos respiraran dentro de los personajes. Gonzalo y Sara, Laura o Jonathan no estaban ahí para ilustrar una época, sino para sufrirla y desobedecerla si hacía falta. La documentación me dio el mapa, pero la escritura me obligó a caminarlo sin ir demasiado en línea recta.

   Al final, la novela nació precisamente del cruce entre una mente que necesita estructura y una imaginación que no soporta quedarse apartada. Creo que ese equilibrio entre rigor y libertad es lo que más me interesa como escritora.

P: – ¿Seres anónimos protagonizan tu novela en medios de grandes acontecimientos históricos?

M.C.R.: – Sí, y para mí eso es esencial. La gran Historia suele ocupar los titulares, pero la vida real la sostienen quienes no aparecen en ellos. En La mirada de la Diosa los grandes acontecimientos están ahí, la guerra, los códigos, el expolio, las huellas del pasado, pero lo que de verdad importa es cómo afectan a personas concretas que intentan sobrevivir o simplemente entender qué demonios está pasando. La épica, por sí sola, hace mucho ruido; la gente corriente, en cambio, hace la historia de verdad.

    Un buen ejemplo es Laura, la abuela de Gonzalo. No es una heroína al uso ni una figura monumental: es una mujer que sostiene un secreto durante décadas porque sabe que puede herir. Su papel no se ve a primera vista como el de una protagonista de la Historia, pero en realidad es clave, porque es ella quien mantiene viva la cadena de silencios que luego condiciona a otros.

   Otro ejemplo sería Sara, que comienza como una mujer obligada a volver a casa en un momento difícil de su vida. Esa circunstancia, personal y cotidiana, la coloca en el centro de un hallazgo que conecta su presente con siglos de historia. Me gusta mucho que los protagonistas entren en el relato con el peso de una vida normal.

También están los personajes secundarios, que no son un decorado sino el engranaje. Una amiga, una abuela, son personas aparentemente corrientes, pero cada una sostiene una pieza de la estructura. Y eso me parece muy humano, a veces una novela se decide por una persona que solo quiere arreglar una capilla o por otra que solo pretende ayudar a su amigo.

    P: – ¿La gran épica determina la vida cotidiana?

 M.C.R: – Sí, pero casi nunca de manera solemne. La gran épica no baja del cielo con trompetas, suele filtrarse por la puerta de atrás, interrumpiendo cenas, duelos o decisiones domésticas. En la novela me interesaba precisamente mostrar que los grandes acontecimientos históricos no viven separados de la vida cotidiana, sino que se cuelan en ella, a veces de forma brutal y a veces con una discreción muy poco épica, pero muy eficaz.

   La Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial o la posguerra no son sólo un telón de fondo, son fuerzas que condicionan lo que una familia puede hacer, transmitir u ocultar. Una carta que no llega, un objeto que no se enseña, una decisión tomada por miedo o por amor pueden pesar tanto como una batalla.

 Por eso me gusta tanto la combinación de lo grande y lo pequeño. La novela gana cuando el lector entiende que el destino de un personaje no depende solo de una gran fecha histórica, sino también de si esa mañana se detuvo a atarse los zapatos. El detalle cotidiano es la forma en la que la Historia se vuelve visible.

 P: – ¿Qué diferencia tu nueva obra de la novela histórica tradicional?

 M.C.R: – Creo que la diferencia está en la forma de mirar. La novela histórica tradicional suele apoyarse mucho en el hecho histórico, en la recreación de época y en la fidelidad al contexto, y eso me parece valiosísimo. Pero yo quería que la historia no funcionara como un libro de texto, sino como una corriente subterránea que afecta al presente de los personajes. Es decir, no solo contar lo que pasó, sino cómo afecta.

    También me interesaba evitar que el pasado se convirtiera en un fondo adecuado, pero nada más. En La mirada de la Diosa hay misterio, aventura, investigación y rigor, sí, pero todo eso está atravesado por emociones muy contemporáneas, vínculos familiares, regresos al hogar, crisis personales y preguntas sobre la propia identidad.

   Esta obra tiene un pie en la novela de intriga y otro en la novela íntima, y esa mezcla le da otra temperatura. No intento competir con la novela histórica clásica, sino dialogar con ella desde otro ángulo. Me interesan los márgenes, las zonas donde la gran Historia entra en la vida privada y la cambia sin pedir permiso. Y ahí es donde, creo, la novela encuentra su propia voz.

      P: – ¿La ficción puede ayudar a interpretar la historia?

 M.C.R.: – Sí, muchísimo. La ficción no sustituye a la historia académica, pero sí puede hacer algo que a veces la investigación más rigurosa no consigue, darle cuerpo, emoción y conflicto humano. Un dato histórico explica, una novela hace sentir. Y a menudo necesitamos ambas cosas para entender de verdad lo que pasó y, sobre todo, lo que sigue reverberando hoy.

    En mi caso, la ficción me permite acercarme a preguntas que me interesan mucho, cómo qué se hereda de una generación a otra, o qué ocurre cuando una familia construye su identidad sobre algo incompleto. La historia en sí puede estar documentada, pero la ficción me deja explorar las grietas, y por las grietas, aunque sean dolorosas, es por dónde entra más luz.

    Además, la novela puede hacer algo especialmente valioso, enseñar que el pasado no está cerrado. Significa acercarse la historia con respeto, pero también con imaginación, para que deje de ser una pieza de museo y vuelva a ser una experiencia viva.

Si una novela consigue que un lector se pregunte por su propia memoria familiar, o por lo que la Historia ha dejado en su vida, entonces ya ha hecho algo. Y no es poco.

 P: – ¿Qué vendrá después de La mirada de la Diosa? M.C.R.: – Soy bastante inquieta, así que no me gusta quedarme mucho tiempo en un mismo universo narrativo. Me gusta terminar una novela, acompañarla en su viaje y después abrir una puerta nueva. Si no, acabaría hablando sola con los personajes.

 Ahora mismo estoy con otra historia que me está obligando a aprender, a documentarme y a discutir con ella hasta que decida dejarse escribir. La protagonista busca resolver un asesinato cometido hace sesenta años, casi sin pistas, y con una fortuna en juego.

    Y también he salido de mi zona de confort, por culpa de una maleta que he heredado. Estaba llena de fotografías de artistas españoles que actuaron en el Teatro Pradera de Valladolid, desde principios del siglo XX hasta 1967, la mayoría de ellas dedicadas. Desde Raquel Meller, Jacinto Benavente, pasando por Imperio Argentina o Rocío Jurado. De momento estoy clasificando toda esta información, con la idea de que cristalice en algo muy interesante.    Así que el futuro, de momento, no tiene la forma de una página en blanco. Estoy en un nuevo comienzo, volviéndome a llevar bien con el café y con la incertidumbre.  «Creo que un sillón cómodo, una taza de humeante café y un buen libro son sinónimos de felicidad».

Para envíos de información escríbanos a: redaccion@mujerdelsur.com

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